Inicié el año con un libro: El monje que vendió su Ferrari. Cambié rutinas, hábitos y prioridades. En enero me fui de viaje a Perú, Bolivia y Chile. Al llegar al Salar de Uyuni sentí una felicidad tan profunda que confirmé mi sueño: vivir viajando. Pero a las 5 am recibí una llamada de mi jefe exigiéndome un reporte que ya le había enviado. En medio de ese paraíso y con esa presión, confirmé que ya no quería más esa vida.
Volví a la oficina decidido a resistir 10 meses más. Me repetía todos los días frente al espejo: “Juan, aguanta un poco más, ya viene tu momento”. Pero el ambiente era cada vez más tóxico. Gritos, traiciones, despidos. Y yo ahí, sobreviviendo.
El 31 de marzo, recursos humanos me entregó un papel con un 2% de aumento. Mi jefe me dio una palmadita en el hombro y dijo: “Sigue así”. Ya había cumplido. Ya era hora de seguir mi camino.